UNA AVENTURA EN EL SAHARA Dakhla con Luisi, Eli y Gema
Del 28 al 30 de marzo de 2026
Parte 1: Madrugada, mochilitas y Ryanair
Quedamos en el aeropuerto de Barajas a las 4.30, con lo cual nos teníamos que levantar a las 3 de la mañana. Gema venía de Becerril y las otras, de Príncipe Pío. Lo primero que había que hacer antes de salir era hacer la mochilita. A Gema le dijeron que tenía que ser muy pequeña y tenía que caber debajo del asiento del avión de Ryanair y eso hizo. Las demás tenían mochila un poco mayor, vinieron ilegales. Un poco más grande, pero entraron.
Gema hizo la maratón de la T2 a la T1.
Buscamos el vino, pero estaba todo cerrado. No había vino. Así que lo compramos en el avión. 9 euros por botella de 175ml. Un robo. Pero nos sació. Luego os contaremos dónde nos la tomamos.
En el avión medio dormidas, medio viendo películas, el asiento durísimo. Un rollo. Luisi iba en el medio con dos pedorras al lado y no podía mirar por la ventanilla. Quería hacer pipí, pero como le da miedo ir al baño, pues se aguantó. Gema sacaba la patuca porque estaba en el pasillo y Eli sufriendo el asiento, que estaba muy duro, le dolía el cuello, pero sacó los frutos secos y se le pasaron los males. Vuelo tranquilo.
En Dakhla el control muy rápido, que no es habitual, y allí nos estaba esperando Perico. Al pasar el control de pasaportes a Gema le preguntaron la profesión, pero a Luisi y a Eli no, y eso que a Luisi le gusta decir que es profesora de natación.
Parte 2: Rumbo al desierto
Después del aeropuerto ya el modo aventura estaba activado al 100%. Nada de hotel de transición, nada de «¿nos tomamos algo primero?». Directas al desierto.
¿Y quién nos recogió? Perico. Sí, Perico. Con ese nombre tan de señor mayor en un bar de tapas, pero en realidad todo un saharauí de pura cepa, hombre de confianza de Luisi desde hace años y el motor (literalmente) de todo lo que íbamos a vivir en Dakhla. Lo de «Perico» tiene su explicación: sus padres vivieron la época en que el Sáhara Occidental era territorio español, y ese tipo de apodos castizos se quedaron pegados a una generación entera como una segunda piel. Es de esas cosas que te recuerdan que este desierto tiene una historia más mezclada y más rica de lo que parece a simple vista.

Un poco de historia: Dakhla (antes llamada Villa Cisneros en la época española) fue territorio español desde finales del siglo XIX hasta 1976, cuando España cedió el Sáhara Occidental a Marruecos y Mauritania tras los Acuerdos de Madrid. El pueblo saharauí vivió durante décadas bajo administración española, de ahí que muchos conserven nombres, apodos y palabras en perfecto castellano. Perico es, sin saberlo, un pedacito de esa historia.
Así que ahí íbamos, las tres en el coche de Perico, dejando atrás el asfalto y metiéndonos cada vez más entre arena y silencio, camino del campamento donde pasaríamos la primera noche. Gema ya miraba por la ventana con esa cara de «esto es lo más bonito que he visto en mi vida». Luisi, haciéndose la que ya lo sabía todo (porque sí, lo sabía). Y Eli… en proceso de asimilación.
Parte 3: Agua, jaimas y Dunas Blancas
Primera parada: agua. Porque en Dakhla el grifo no es una opción, y Luisi lo tenía clarísimo desde el principio. Así que Perico paró en una tiendecita de carretera de esas que tienen de todo y de nada a la vez, cargamos con un arsenal de botellitas y, cómo no, aprovechamos para hacernos la foto obligatoria junto al cartel de al lado. Tres guapetonas, las más imponentes del desierto. Que sí, que hay fotos así por miles, pero las nuestras son mejores.
Llegamos al campamento y lo primero que nos encontramos fue a la supuesta dueña, una de los cuatrocientos dueños que tenía el sitio, al parecer, ese día cumplía años y quería irse de fiesta. Nos invitó. Qué detalle. Lo que no contó de primeras es que la invitación costaba 30 euros. Y que la fiesta era con los de kitesurf. Y que había que cambiar todo el programa. Luisi, con ese instinto de guía experimentada, preguntó cuánto costaba cada cosa y el sueño de la noche loca en el desierto se fue diluyendo solo. Menos mal.
Nos dieron la cuarta jaima. Colchoncitos en el suelo, juntitos, alfombra, decoración muy mona… y zapatillas a la entrada, que había que quitárselas. Cosa que se nos olvidaba sistemáticamente. El campamento estaba muy bien montado para turistas: zona de té, comedor, todo lo necesario. Pero lo que de verdad te dejaba sin palabras era el entorno. En mitad de las dunas, con el mar ahí mismo, sin un ruido, sin una luz artificial, sin nada que no fuera arena, cielo y silencio. Gema ya venía de Madrid con un golpe en la cabeza, pero el primero oficial del viaje se lo llevó en la jaima. Que conste en acta.

Un poco de historia: La Duna Blanca es uno de los enclaves más espectaculares de la zona de Dakhla. Se trata de una lengua de arena blanca que separa la laguna del océano Atlántico, y solo es accesible a pie cruzando las aguas de la bahía, si la marea lo permite. La Bahía de Dakhla es una laguna protegida de más de 40 kilómetros, famosa mundialmente entre kitesurfers, pero también un ecosistema único con flamencos, delfines y aguas turquesas que parecen del Caribe pero están en el Sáhara.
La marea estaba un poco alta para cruzar a pie directamente, así que fuimos en coche rodeando la bahía. Y luego, el trekking. Sin pagar nada, andando, sin un alma alrededor. Solo nosotras tres, la arena y el silencio. Un pasote, como se suele decir.

Parte 4: Pescado, faquires y vino de avión
De vuelta al campamento, el olor ya nos avisaba desde lejos: pescado. Mucho pescado. La comida estaba lista y aquello era comunal, todo el campamento junto a la misma mesa. Y todo el campamento, que conste, eran básicamente tíos. Todo tíos. Salvo Dorita la Exploradora, la dueña-de-entre-los-cuatrocientos-dueños, que presidia el cotarro con una energía que había que ver. Entre la fauna del comedor estaban el Gigante de Tijuana y su amigo alemán, al que bautizamos inmediatamente como Tintín a lo grande. A lo grande y a lo ancho. Encantador, eso sí. Los dos se pasaban la vida haciendo kitesurf por el mundo, de Tarifa a Brasil con paradas en medio universo, organizándose a través de una red social específica de kitesurfers donde alguien dice «mañana me piro a tal sitio» y se apunta el que quiere. ¿Cómo tienen la pasta y el tiempo? Misterio. Pero oye, respeto.

Antes de la ruta de la tarde nos pusieron el té. El té saharauí de verdad: tres pasadas, filtrado cada vez, dulce, caliente y con una espumita encima que es el sello de la casa. Estaba de muerte.

Un poco de historia: El té saharauí es mucho más que una bebida, es un ritual de hospitalidad que puede durar horas. Se prepara en tres rondas, el primero amargo como la vida, el segundo dulce como el amor, el tercero suave como la muerte, dicen por aquí. Rechazarlo es casi una ofensa. Aceptarlo es entrar en la casa de alguien de verdad.
Y después del té, a los sillones del comedor. Que Luisi, con ese ojo clínico que la caracteriza, localizó los buenos nada más entrar, unos sillones con unas almohadillas de campeonato. Los señaló, los reclamó mentalmente… y cuando llegó Gema, ya no había. A sentarse en la silla de faquir, que para algo le tienen envidia. Es la dinámica del grupo y ya está.

Descansito reparador y luego ruta: costa, el Trópico de Cáncer y un poco de naturaleza salvaje de la buena. De vuelta al campamento ya de noche, y entonces llegó el momento cumbre del día.

Un poco de historia: El Trópico de Cáncer pasa justo por la zona de Dakhla, marcando el límite norte de la zona tropical del planeta. Hay un hito señalizado en la carretera que cruza el desierto, uno de esos puntos geográficos que en el mapa parece una línea imaginaria pero que cuando estás ahí, en medio de la nada, te hace sentir que estás exactamente donde tienes que estar.
Jaima con vistas a la bahía, a las dunas, al agua. Las tres dentro. Y Eli sacando las botellitas de vino que había comprado en el avión, muy inteligentemente asesorada por Luisi, que sabía perfectamente lo que se iba a necesitar en el desierto. Fueron cayendo. Supieron de maravilla. ¡Ah!, y antes de la cena, Eli abrió su bolsa de frutos secos y nos tomamos una cerveza bien fría. En mitad de la nada, en el Sáhara, con una cerveza fría en la mano. Eso no tiene precio. Nosotras lo valoramos muchísimo. Eso y el cotilleo, claro. Que también es básico para la supervivencia.
Parte 5: Luna, golpes y pececillos milenarios
Vimos las camitas de oso y nos metimos en ellas, nos parecieron lo más cómodo del mundo, y en cuestión de segundos las tres estábamos dormidas como troncos. Agotadas, felices. La noche perfecta. Hasta que Eli llevaba una hora entera dando vueltas sin atreverse a moverse. Necesitaba ir al baño, pero no quería despertar a nadie. Al final Luisi, con esa paciencia de santa que la caracteriza, le dijo: «No seas tonta, vete al baño y sigues durmiendo.» Al rato se levantó, abrió la puerta de la jaima… y de la oscuridad una voz: «¿Vas al baño?». Luisi despierta como si tal cosa. Susto de muerte, pero al menos iban acompañadas. Y entonces pasó algo que ninguna esperaba: el desierto de noche. Una luna impresionante, el cielo entero lleno de estrellas, ni una gota de viento, un silencio que se te metía por dentro. No hacía falta linterna para nada, aunque los móviles salieron igualmente. Eli, aprovechando que Luisi estaba en el baño, se quedó ahí plantada haciendo fotos a la luna con la jaima y la bahía de fondo. Una cosa preciosa. Cuando Eli regresó del baño, fue Gema la que se despertó, que para algo somos el sistema de vigilancia mutua del grupo. Intentó entablar conversación. “Gema dormía de pie”, y acumuló otro par de golpes en la cabeza, que a esas alturas ya iban sumando hacia un total que no es un número al azar: cuatro golpes contabilizados, y eso sin contar los de Madrid.
Desayuno a las nueve. Panecitos, mermelada… Nos pusimos como el tito. Luego apareció Perico con el 4×4 y arrancó el día grande: la ruta de interior del desierto.
Parada previa para comprar bocatas, Luisi previsorísima lo tenía todo organizado para no perder tiempo luego, y después casi una hora de coche adentrándonos en el desierto. Sin asfalto, sin señales, sin nada. Solo arena.

La ruta fueron unos ocho o nueve kilómetros, aproximadamente. Lo que nadie calculó bien fue la parte de las dunas. Te crees que ya llegas, que ya está, que eso es lo último… y aparece otra duna. Y otra. Y otra más. Como el infinito, pero en arena y con el sol encima. Una hora y media solo para cruzarlas, cuando habíamos dicho quince minutos. Clásico.

Perico iba en el coche de apoyo, controlando desde lejos que no nos desviáramos, porque en el desierto la orientación se va en cuestión de segundos. En un momento dado se subió a la duna más alta del horizonte y se quedó ahí de pivote para que lo tuviéramos de referencia. Como un faro en medio de la arena.

Y luego el paisaje fue cambiando. Dunas, luego suelo de piedra, luego sal, luego colores distintos, vegetación que no esperabas encontrar… diferentes desiertos dentro del mismo desierto. Y un espejismo. Un espejismo de verdad, de los de agua en el horizonte que parece real y no lo es. No sabemos si era un fenómeno óptico o efecto acumulado de los golpes en la cabeza, pero era precioso de todas formas.

Y al final del camino: unas lagunitas. Con pececillos. Nos metimos los pies y los peces se acercaban a mordisquear un poquito, nada dramático pero suficiente para el susto.

Y entonces Luisi se quedó pensativa: «Oye, ¿Cómo han llegado estos peces aquí si estamos a treinta y cinco kilómetros del mar?»
Debate inmediato entre las tres:
Luisi: que vienen por debajo de la tierra, por canales subterráneos.
Eli: que cómo van a ir a oscuras por debajo de la tierra, que eso es imposible.
Gema: que igual los trajo una gaviota y los dejó aquí y ya está.
Buscamos en internet. Y la respuesta fue que Eli tenía razón: los pececillos llevan ahí desde el principio de los tiempos, reproduciéndose en esas lagunas sin necesidad de venir de ningún sitio. Atrapados, adaptados y tan contentos.

Un poco de historia: Las lagunas interiores de la región de Dakhla están conectadas al océano a través de filtraciones subterráneas y acuíferos fósiles que datan de miles de años, cuando el Sáhara era una zona húmeda y verde. Los peces que habitan estas lagunas aisladas son en muchos casos especies que quedaron atrapadas durante los últimos grandes cambios climáticos del planeta, hace entre 5.000 y 10.000 años, y han evolucionado de forma completamente independiente desde entonces. Son, literalmente, supervivientes de otro mundo.
Parte 6: La playa secreta, percebes y el bocata de arena
Después de las lagunas y los pececillos milenarios, Perico nos llevó a la playa. Bueno, «la playa» es quedarse corto. Desde arriba, antes de bajar, ya era un impacto. Gema dice que nunca había visto nada igual en su vida, y eso que Gema ya lleva unas cuantas vidas viajadas. Un acantilado impresionante, el Atlántico abajo, y ni un alma. Solo nosotras.

El problemilla: no había ninguna bajada obvia. Desde arriba era una cosa preciosa pero intimidante. ¿Por dónde se baja eso? Luisi, como no, lo sabía. Camino estrecho, al lado del cortado, lleno de arena, pero ella iba delante marcando el paso. Para encontrar los sitios donde no hay nadie hay que meterse por donde nadie quiere meterse. Así funcionan los paraísos. Y es que el sitio tiene trampa buena: estamos en Dakhla -Villa Cisneros, donde el viento es constante y brutal, de ahí que sea la meca mundial del kitesurf. Pero Luisi conoce una playita con recoveco, protegida, donde el viento no llega. Un rincón donde puedes tumbarte, comer, tomar el té o simplemente existir sin que te entre arena en los ojos cada dos segundos. Dicho y hecho: bikinis y al agua. Bueno, al agua hasta la cintura. Eli y Luisi se metieron y el agua estaba helada, así que salieron despejadas y con los sentidos bien puestos. Gema, mucho más inteligente, no se puso el bikini y no se metió. Sin comentarios.

Un poco de historia: Dakhla es considerada uno de los mejores destinos del mundo para el kitesurf y el windsurf precisamente por sus vientos alisios constantes, que soplan con una regularidad casi matemática. La laguna protegida actúa como un spot natural perfecto, con aguas poco profundas y cálidas. Pero fuera de la laguna, la costa atlántica es salvaje, virgen y prácticamente sin turistas, exactamente lo que encontramos en nuestra playita secreta.
Paseíto por las rocas y descubrimiento gastronómico inesperado: percebes, mejillones, lapas, bígaros… la roca entera era una despensa. Si nos quedamos dos horas más montamos una brasa ahí mismo y nos lo cocinamos todo. Casi.
Perico, que es un hombre previsor y detallista, tenía toda la parafernalia para hacer té. Y lo preparó para Luisi y Gema. Eli no tomó té, porque Eli y el té no son amigos. Y llegó el momento cumbre del día: el bocata de atún con tomate. Sencillo, sin pretensiones, con el Atlántico delante y el sol encima. Gema lo tiene clarísimo, el mejor bocadillo de atún con tomate de su vida. Luisi sacó una botellita de vino que tenía reservada. Previsorísima, como siempre.

Lo que nadie tenía en el plan era la arena. Gema le echó arena en el bocadillo a Eli, sin querer que conste o eso dice, y Eli se comió el bocadillo con una textura extra. Y Luisi le manchó la camiseta de aceite. Una camiseta buena, eso sí. Del Primark, pero buena. El caso es que se ha establecido una deuda oficial: Luisi le debe a Eli una camiseta de Dior y otra de Donna Karan. Que para eso fue la manchada.

Luego tocó subir. Que bajar era fácil, pero subir por ese caminito estrecho lleno de arena al lado del cortado ya era otra cosa. Aunque con Luisi delante, todo se encuentra. Ella sabe dónde está cada piedra de este desierto.
Parte 7: La grieta secreta y las subidas de Luisi
De vuelta hacia el coche, Luisi frenó y dijo «venid». Y ahí empieza otra sorpresa más, que con esta mujer ya deberías ir con el corazón preparado porque no para. Una grieta enorme entre dos montañas, casi invisible si no sabes que está ahí. Nadie que pasara por allí lo hubiera adivinado. Te metes por ese hueco entre los acantilados y de repente… el océano entero. De frente. Con unas olas que lo flipas, el Atlántico en todo su tamaño, salvaje y sin filtros. Otro impacto directo al pecho. Ese sitio, nos confesó Luisi, es su lugar secreto favorito para ver el atardecer. Y tiene sentido. Tiene mucho sentido.
Dakhla guarda más secretos de lo que parece, y los mejores no están en ninguna guía, están en la cabeza de Luisi. Porque bajar a las playas secretas de Luisi es poesía, pero subir es otra historia. Y en una de esas cuestas, mientras iba mirando que todas subíamos bien, Luisi se cayó. Un golpe bueno. La arena amortiguó, bendita arena blandita, pero quedó a centímetros de un gancho oxidado que la podría haber convertido en un pincho moruno. Susto, risas, y a seguir. Que la guía no puede quedarse tirada en una cuesta.
De vuelta al coche y rumbo a la ciudad. Todo iba bien hasta que, a veinticinco kilómetros de Dakhla, Perico empezó a notar un ruido raro. Se detuvo. Revisó. Una barra del 4 x 4 se había soltado y lo venía arrastrando por el suelo. El terreno tan agreste había hecho su trabajo, una piedra, un golpe, y adiós pieza. Por un momento el panorama era: desierto, noche cayendo, sin agua, sin nada. «Bueno, siempre nos quedan los percebes», que dijimos. Pero Perico, con sus mil recursos de hombre del desierto, hizo un apaño en condiciones y el coche volvió a rodar. Todo quedó en un susto y una anécdota más para el repertorio.
Parte 8: La ciudad de Dajla. Hotel, dátiles y tortilla a las seis de la mañana
Llegamos al hotel. Y entonces ocurrió algo que no tiene precio después de dos días entre dunas, arena y jaimas: la ducha. La mejor ducha de sus vidas, según declaración unánime y sin abstenciones. El agua caliente nunca había sabido tan bien.
Limpias, felices y con el pelo en su sitio (alguna) nos fuimos a dar un paseo por Dakhla ciudad. Y ahí apareció la misión de los dátiles. Alguien, que sabemos perfectamente quién, se empeñó en comprar dátiles para Juan Antonio y no paró hasta conseguirlos. Dátiles comprados, metidos en la mochila, misión cumplida.
Cena con cervecita, paseo, cama. Y a las seis de la mañana, arriba. Que el avión no espera. Pero antes del aeropuerto, desayuno en la azotea. El chico de recepción, al que Luisi sacó literalmente de la cama sin ningún complejo, que para eso es la guía y aquí manda ella, se curró unas tortillitas, un zumo y todo el amor del mundo a las seis y media de la mañana. Un detalle que no se olvida.
Luisi y Eli, por cierto, compartieron habitación y cama, con almohada de separación en medio, que las normas son las normas.
A las siete, Perico esperando en la puerta. Al aeropuerto.
Final: El retraso que lo hizo posible todo
Todo iba perfecto hasta que el avión de las nueve apareció en el panel con hora y media de retraso. Y ahí, sentadas en el aeropuerto de Dakhla, sin nada que hacer, nació esta historia. Porque sin ese retraso, nada de esto se habría contado.
Así que gracias, retraso. De verdad.
Créditos finales
Este relato está patrocinado por:
Luisi — guía, experta saharauí, despertadora de recepcionistas y alma de la aventura.
Eli — proveedora oficial de frutos secos, experta en biología de pececillos milenarios y dueña del mejor cuerpazo del desierto.
Gema — directora de fotografía, audiovisuales y comunicación, proveedora de cremas y belleza para el grupo, y cronista de esta historia.
Con la colaboración especial de Perico, el saharauí con nombre más castizo del Sáhara.
Y con el apoyo logístico de: anacardos, panchitos, almendras, vino de avión, productos capilares y una almohada divisoria.
Hasta la próxima aventura, chicas.
